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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Un cenagal de lágrimas

Canto Rodado. Por Ana Gaitero
Diario de León. Domingo 31 de octubre de 2011. Revista

Cuando de pequeña nos hablaban de la caída del Imperio Romano siempre me imaginaba un montón de edificios que se desplomaban como castillos de arena. Súbitamente azotados por una tormenta de arena. Claro que Roma no estaba en un desierto aunque los confines del imperio abarcaban todas las geografías imaginables.

Pero no hubo tal «caída». Fue un proceso de descomposición que duró décadas, por no decir más de un siglo. Al poder le cuesta morir. Prolonga la vida más allá de sus posibilidades vitales pues en la agonía siempre hay momentos dulces e incluso de lucidez.

La decadencia la tenemos encima. Nos come. Y nos ciega. Ahora asistimos al proceso de descomposición de una era política que se nos vendió como la panacea de la democracia. El caso Paco Fernández —ya nadie se acuerda del cercano Pacofer, ni del tenista aficionado apodado Raquetas— afloró al cenagal en el momento más oportuno y el político ha sido devorado por sus propios lodos. Entre lágrimas.

Mientras, el ex alcalde se hacía pequeño como Alicia en la habitación de la mesa de cristal gigante y la puerta diminuta. A cuenta de su hundimiento se han disparado las lecciones de ética a diestra y siniestra. Por la derecha, la presidenta de la Diputación, Isabel Carrasco, habla de moralidad como si tal cosa.

Moralina sin poda

Mola la moralina con olor a naftalina. Entre los que se han conmovido están los sindicatos que, creo yo, debían estar al tanto de la prejubilación millonaria de Fernández y otras que no conocemos. «Yo sólo pienso en nuestros 11.000 parados», ha dicho en alcalde de León sobre el caso. Los tiene como propios y no piensa arrancárselos del pensamiento. Pues ya es hora de que tome cartas en el asunto. Busque soluciones con su magnífico equipo para que los recortes públicos no agranden más las cifras. Me cuentan en Armunia, en las vegas sembradas de viviendas sociales durante la época Morano, que las cocinas tienen luz artificial día y noche. No por afán de derroche. Es que crecen los árboles como plantíos y se les meten las ramas por las ventanas. Y claro, la factura de la luz, crece y crece como Alicia cuando se hizo gigante y lloró mucho y luego se lamentó por haber llorado.

En Armunia, en las vegas, da igual que lloren. No está en la lista de las podas. Hay pocos operarios porque no hay dinero para pagar y a los pocos que hay les tienen encomendados barrios más nobles.

Pobre alcalde, que llora por los parados. A lo mejor le puede pedir un poco de sueldo a la presidenta de la Diputación, que se lo subió sin ruborizarse y con la venia de los socialistas, para salir del paso.

¿Dije ciénaga? No, muladar. «Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé...». Cambalache.

La chica que no llora

Toda una lección de moralidad es la de la oposición de Astorga. El líder del PP, Tato Bardal, y el del PAl-Ul, Peyuca, cobran como casi si gobernaran (740 euros al mes) para recibir a la ciudadanía en su despacho y decirle lo mal que lo hace la alcaldesa. Además quieren celebrar un pleno al mes para garantizarse otro dinerito a mayores (290 euros). Y con subida. Y a ella, que vive de su trabajo en turno de mañana por imperativo de la Junta, le critican que trabaje en el Ayuntamiento por las tardes. Victorina Alonso no llora.

Efectivamente, amigo José Luis, no todos los políticos y políticas son iguales. Pero en medio de la ciénaga, con tantas nieblas, es cada vez más difícil distinguir a la gente honrada de los desperdicios que tanto dinero nos cuestan. Tampoco pueden relucir otras formas de hacer política porque la ley tiene consagrado el bipartidismo.

domingo, 12 de junio de 2011

Hojas en blanco

AVicente Pueyo le conocí hace casi 25 años, cuando aterricé como «práctica» en Diario de León, en la, para mí, legendaria sede de Lucas de Tuy. Una redacción joven y muy nueva -”media plantilla se había pasado a la competencia-” y con muchas ganas de sacar adelante cada día el mejor periódico.






Vicente, a primera vista me pareció un hombre serio, aunque por encima de su barba, entonces negra, brillaba una mirada entre divertida y curiosa. Por las tardes, la redacción era una sinfonía de máquinas de escribir, un ir y venir a la sala de los teletipos, un subir y bajar las escaleras que comunicaban el taller de montaje con la primera planta, un salir y entrar del director y del redactor jefe a aquel espacio abierto poblado de mesas metálicas con tableros de cristal y gente que levantaba la cabeza de vez en cuando para cantar una noticia o echar unas risas.






Vicente escribía casi de todo. No sé si porque era verano o porque era la costumbre. Crónicas municipales, de cultura, de patrimonio y hasta de salud y medio ambiente cuando aún no se había acuñado este término. Vicente fue un precursor silencioso en muchas cosas. Hizo reportajes de naturismo y de lo que hoy se llama feng shui. Se mereció uno de los primeros Cossío por un espléndido reportaje sobre las Lagunas de Villafáfila. Era un cosmopolita capaz de ver el mundo desde León. C on los melocotones de su tierra (Alcañiz, Teruel) y las naranjas de Valencia (la de Mamen) traía también la suave brisa mediterránea con nuevas ideas.






Bajo su pose de tímido, se escondía un atrevido. Para muestra esta Píldoras que, con el título de «Ocio peligroso», publicó el 28 de agosto de 1986 : «Seguimos produciendo cosas que no hacen falta, que sobran. Se sigue mandando a la calle a la mitad de una plantilla cuando tal vez se podría buscar una solución revolucionaria: que siguieran trabajando todos la mitad del tiempo -”con el riesgo de que sufrieran mucho hasta que se adaptasen al nuevo tamaño de su ocio». Pura y dura actualidad, Vicente.






Le recuerdo, sobre todo, como uno de los periodistas que más escribió de Riaño y más crónicas trajo de Fuensaldaña -”«en mi dos caballos amarillo», me recordó hace bien poco-” cuando la Comunidad era una entelequia sin apenas contenido.






Al terminar el verano regresé a Madrid. Vicente me llamó para trabajos dispares: desde una reunión de alcaldes y pedáneos del valle de Riaño en la que el ministro Cosculluela anunció los primeros desalojos en «muy inmediatos días», hasta la repatriación de los restos del escritor villafranquino Enrique Gil y Carrasco desde su largo descanso en Berlín este. No voy a contar los apuros que pasé en el aeropuerto de Barajas, aunque, visto desde lejos, fue muy divertido.






Ese hombre serio a quien el tiempo blanqueó sus barbas y le hizo un periodista más escéptico de puertas para fuera, me hizo reír muchas veces con su peculiar sentido del humor y con esa afición suya a inventar palabras (iconoplastas, pasos enchepaos...). Asun y yo le pedíamos cuentos por Navidad. Delicias literarias. Están en la hemeroteca. Hay una faceta narrativa y poética inédita de Vicente que se asoma en sus esmerados escritos periodísticos. También le pedíamos que nos cantara joticas para despedir las cenas navideñas. ¡Qué risas pasábamos cuando se hacía de rogar! Era una caja de sorpresas.






Su muerte repentina, brutal, nos ha dejado con una voz menos. Su marcha dolorosa ha servido para airear los males que acechan al periodismo y para reivindicar el periodismorealya . Muchas son «Flatus vocis», palabras vacías, que titulara Vicente en otra de sus Píldoras lejanas. Ya casi nadie cree en este oficio, Vicente, y la minoría que lo hace es muchas veces apartada o jubilada. Como Rosa María Calaf, que el lunes clamaba en Valladolid por el reporterismo frente al «vacío del periodismo».






Poco importa eso ahora. Lo peor es que se fue Vicente, el padre. Él, tan orgulloso como estaba de Natalia. Se fue el marido. El hijo. El hermano. El amigo. Queda el amor en soledad. Y el recuerdo.









jueves, 9 de junio de 2011

Dos historias de amor

Leonard Cohen y Jesús Fernández Salvadores son los hombres de la semana. El cantante canadiense que musicó a Lorca, premio Príncipe de Asturias de las Letras. El fotógrafo de Diario de León, premio Francisco de Cossío de Fotografía. Su segundo Cossío. La voz y la mirada. La pasión y la pericia. El esfuerzo y el respeto a la sabiduría y al buen hacer.


Jesús F. Salvadores, como rubrica sus instantáneas, reflexivas incluso cuando hay prisa, vive de y para la fotografía. Cuando la cámara del Diario le da un descanso, se sumerge con su Leica en aventuras que de una u otra forma buscan retratar a su tiempo y a sus referentes. La pasión por los fenómenos de masas le han llevado a Fátima, a Lourdes... Y no en busca del milagro. Su objetivo enfoca a las diversas manifestaciones de la fe, pasión al fin y al cabo, que arrastra a los santos lugares a miles de personas cada año. Con la misma decisión se coló entre la multitudinaria plañidera durante el funeral del Papa Juan Pablo II en Roma.

Peregrinó a Cristiania, un barrio danés liberado desde hace más de 30 años, tras las huellas de la cultura hippie y recorrió largas carreteras en Estados Unidos en busca de los rescoldos vivientes del Mayo del 68. También se adentró con su cámara en la selva lacandona para retratar los ecos de la revolución zapatista. La Cuba del final del castrismo...

El fútbol, como fenómeno de masas, es otra de sus mecas. En una tinaja guarda, desde hace tiempo, todas las monedas de dos euros que pasan por sus manos para un billete con destino a Brasil 2014. Acariciando sueños y forjando proyectos se insufla dosis de energía para afrontar el día a día, a veces anodino y cargado de inanidad.

La II Marcha Negra puso la épica de la lucha minera al alcance de decenas de cámaras. Jesús F. Salvadores la vivió como un caballero andante del siglo XXI. Bien atento a la experiencia de quienes antes que él -"los abuelos Norberto y Mauricio-" retrataron la I Marcha Negra de 1992. Al acecho de todos los movimientos. En las batallas campales, en la larga marcha y en el recorrido por las cuencas en extinción desde Laciana a Tremor. Su cámara certificó la muerte del pozo Calderón antes de que Victorino Alonso hiciera oficial el cierre de la última mina subterránea de Laciana. El ascensor del pozo vertical, ya clausurado, y las vagonetas apiladas eran las imágenes premonitorias del fin.

Mis fotos preferidas de esa imponente serie son dos historias de amor. La de la niña que contempla la marcha minera arrullando una pequeña pancarta que es toda una declaración de amor y de apoyo incondicional: «Papá, estoy contigo». Una foto que, curiosamente, vimos photoseada hace unos días en ciertas dependencias de la Benemérita: «Papá, estoy con los GRS». Jesús sonrió al verla. Seguramente no vio maldad, sino ese afán que tiene la humanidad por ser querida. La foto impactó (y dio envidia) a los antidisturbios.


La otra foto es la de Marta Álvarez hablando por el teléfono negro de la mina con su esposo Pedro Leite, uno de los encerrados en el pozo Casares de Tremor de Arriba, durante la II Marcha Negra. Marta se despedía cada tarde de su marido: «... Y yo también». Cómplices de amor y lucha desde que se conocieron, camino de Madrid, en apoyo a los mineros encerrados en el pozo María durante los años 90. Ella, de Sosas de Laciana, de la estirpe del carbón; él, de Angola, 17 años de ayudante minero. Las sombras de la noche y la luz mortecina de la garita potencian la dulce firmeza de una lucha silenciosa, cotidiana, incondicional.

No nos dejaron bajar al pozo. Y mira que lo intentamos, Jesús. Hasta nos caimos en una cuneta con el coche por reincidentes. Fue un día aciago. Pero tú hiciste que al final brillara, como siempre. Enhorabuena, compañero


lunes, 10 de enero de 2011

Queridas reinas magas

Recupero este texto (Queridas Reinas Magas) de la hemeroteca del Diario de León, 24 de diciembre del 2005 al hilo de un debate generado en facebook a raíz de una crítica de Ana Vicente al sexismo reinante en los juguetes: "Nos escandalizamos de los anuncios de detergentes, mientras nos pasa desapercibida una publicidad mucho más lesiva: en horario infantil la television. entre pocoyos -azules por supuesto-, y descerebradas Hannas Montanas, niños y niñas reciben sus correspondientes dosis de expectativas: barbies y cocinitas ante las extasiadas niñas, y velocísimos coches y monstruos de siete cabezas para los niños".
Y tiene toda la razón. Pero lo cierto es que las expectativas de nuestras hijas y de las de nuestras amigas van mucho más allá de lo que la ley del juguete dicta. No hay más fijarse en las estadísticas de la educación. Estoy viendo más problemas en la limitación que se impone a los chicos a la hora de jugar, sentir, pensar...
El rol femenino se ha ido transformado, para bien y para no tan bien; pero el masculino está un poco estancando. A algunos les va bien. A la generación de hombres que está en el poder. Esos son los que luchan, en silente resistencia, para que todo cambie y todo siga igual.
Por eso ahora nos toca actuar en las cosas concretas de cada día. Lo más sencillo. Lo más difícil. No callarnos. No quedarnos quietas. Dejar de ser niñas buenas.

De eso va esta carta que aún sigue vigente.

Queridas
reinas magas...
Queridas reinas magas:
Esta Navidad os toca a vosotras
recibir la carta de los deseos.
Ya era hora, direis. Pues sí, porque
la verdad es que siempre habeis estado
ahí, en el reino de las venturosas,
con vuestra rebeldía y vuestra
generosidad, macerando perfumes
fl orales, pero también amargos,
desde los tiempos del inexistente
jardín del Edén hasta aquí. Pocas
veces se os han reclamado vuestros
cofres fuera de los gineceos.
No tengo grandes cosas que pediros.
Pero sí muchas por las que
daros las gracias, especialmente
este año que viene, el 2006, en el
que aquí, en España, se cumplen
setenta y cinco años del reconocimiento
del derecho de sufragio a
las mujeres.
Decía Clara Campoamor, la gran
sufragista española, que era lo único
que nos había quedado de la II
República y no le faltaba razón,
aunque ahora que se van a cumplir
—vamos de aniversarios— 70 años
del comienzo de la Guerra Civil al
menos se empiezan a rescatar las
memorias de muchas de vosotras,
vuestros nombres y las hazañas
cotidianas que nunca os reconocieron.
Ni sois una, ni tres, sino un millón
por lo menos. Gracias a todas
por haber sido tan impertinentes
al transgredir los papeles que os
asignaron. La herencia que nos
habeis dejado es preciosa. A nosotras
nos toca ahora administrarla y
transmitirla sin dilapidarla.
Tenemos todos los derechos, sí. Y
estamos aprendiendo a ejercerlos,
que no es poco. Pero, las leyes no
son sufi ciente. La violencia hacia las
mujeres está demasiado arraigada
y se hace difícil de arrancar. Aquí,
como os decía, tenemos leyes que
nos protegen. Y aún así hay mujeres
y hombres que han decidido salir
a la calle cada lunes para poner
en evidencia cada nueva muerte
en la plaza de Botines de León.
Los «lunes sin sol» es una batalla
emprendida desde León contra la
complicidad del silencio.
Para estas mujeres y hombres que
no pierden la esperanza de poder
cambiar las cosas y que levantan
la voz contra el conformismo, sí
que os voy a pedir un regalo muy
grande. Son la conciencia de una
sociedad y la voz de las víctimas. Ya
no hay ninguna anónima, aunque lo
que queremos es que no haya víctimas.
Ni aquí, ni en Ciudad Juárez,
ni en Guatemala...
¡Qué grande se me hace el mundo
cuando pienso en la cantidad
de problemas que hay por
solucionar! Y, sin embargo, toda
la felicidad del mundo se puede
guardar en un recuerdo de la infancia,
que es la única patria de las
personas. Pero el mundo está lleno
de vallas.
Yo creo que la Navidad se inventó
para salvar un pedazo de esa patria
universal en la que no entran las
vallas. Y os pido, queridas reinas
magas, que se lo regalais a todos
los niños y niñas del mundo estas y
todas las navidades. Sé que tendreis
muy en cuenta esta petición.
Hay un recuerdo que guardo
amorosamente. Me gustaría que
me ayudarais a conservalo.
Entonces, calentábamos las zapatillas
de andar por casa en el horno
de la cocina económica. Daba un
gusto tremendo calzárselas después
de quitarse los zapatos, sobre
todo cuando estaban calados.
Se acercaban las Navidades y sacábamos
de una bolsa de plástico
las fi guritas de pastores con ovejas,
reyes con camellos, virgen con niño,
san josé y cuna de paja, carpintero
con banco, mujeres lavanderas, un
angelito, herodes y algún romano
despistado. Era un momento mágico,
en el que fabricábamos montañas
con carbón y nieve con harina.
El agua brotaba de un espejo o del
papel de plata del chocolate con leche,
pues no se había inventado el
«albal» y las ovejas pastaban sobre
el musgo que arráncabamos en los
costados de las bodegas.
La vida gira y las cosas han
cambiado mucho. Pero cada año
hay una caja que abrir para sacar
las fi guras guardadas con primor
(y con pereza) el año anterior. Sé
que esto no durará más que una
infancia.
Por eso es una suerte haber descubierto
que existís. Podremos
seguir, como Penélopes, haciendo
y deshaciendo la madeja. Tejiendo
con el hilo de los deseos y de la
sororidad.

A. Gaitero