Busqué a mi madre al atardecer del último domingo de agosto
Por un sendero seco
Donde ya no estaban los árboles frutales
Ni el abuelo gritando a los chiquillos
Donde sólo queda un hilo de agua en el reguero
Y la memoria de los muertos se mezcla con ese soniquete
Los ecos de las voces femeninas
Lavando sus delicadas prendas y tendiéndolas, blancas, sobre la hierba.
Donde los juncos esperan la llegada de un día de viento
Para bailar y besarse
Como una pareja recién casada
Allí donde el tiempo deshace los adobes para devolver su polvo a la tierra
Y deshacer el ciclo
Donde la frontera entre la vida y la muerte no es una invención absurda
Como todas las demás fronteras