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domingo, 18 de octubre de 2015

Palabras mayores en letra pequeña




¡BUENAS TARDES!
Es un placer y un honor compartir este acto entrañable en homenaje a las personas mayores en la Casa de la Cultura. Para mí siempre será el antiguo lavadero.
Donde ahora se agita la vida social y cultural de Armunia, en aquel tiempo hacíamos la colada las madres y las hijas. Íbamos pasando las prendas de las pozas más jabonosas a las del agua clara y fresca del final de la faena.
Hace más de 40 años, 42 para ser más exacta, llegué con mi padre a lo que entonces era un pueblo bullicioso que se arrimaba a la capital con la intención de mejorar.
Un pueblo generoso que, con las aportaciones de su patrimonio público, dio a León el suelo que no tenía para desarrollar industria y servicios.
Recuerdo que era verano. Tengo grabada la imagen de las vecinas de la plaza de España tomando el fresco a la puerta de casa. Yo jugaba o me sentaba en el suelo a su lado mientras esperaba a mi padre que, como era verano, prolongaba hasta las últimas luces del día el ordeño de las ovejas en el aprisco.
En septiembre llegaría el resto de la familia, que habían quedado en Villaornate para terminar las faenas del campo.
Enseguida nos integramos en la vida del pueblo, que aún no estaba asfaltado ni tenía aceras. Fui a las escuelas de Padre Manjón. Aún se mantenía la separación por sexos y recuerdo que en invierno se calentaba con una estufa que ayudábamos a atizar.
Era una época de cambios. Se conservaban modos de vida milenarios al mismo tiempo que entraban en casa los últimos adelantos a través de aquellos televisores en blanco y negro que nos mandaban a la cama con dos rombos.  También las lavadoras empezaban a meter ruido en los cuartos de baño o en las cocinas con los nuevos modelos más adelantados y con centrifugado incorporado.
Mi madre siempre decía que el mayor invento de la humanidad ha sido la lavadora. Porque por muy romántico que sea el recuerdo, sabemos bien que la tarea de lavar ropa, en verano y en invierno, con el agua templada y hasta con hielo en su superficie, era una de las más penosas. Y ahí estaban las mujeres al frente de la colada y de lo que hiciera falta.
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¿Saben? Yo, de pequeña, soñaba con ser mayor. Me fascinaba el mundo de los adultos. Idealizaba su libertad e independencia aunque me fastidiara tener que colaborar en faenas que me apartaban del juego y de la diversión.
Todo pasa y todo llega, dice el cantar. Me hice mayor y escogí este oficio que hoy me trae a la Casa de la Cultura en lugar de al viejo lavadero de Armunia.
Un oficio más de escuchar que de hablar, aunque hoy sea yo quien tome la palabra. Un oficio más de la actualidad que de la memoria, aunque no debería perder la perspectiva del tiempo.
A lo largo de estos años, ya son unos cuantos, he comprobado que en el mundo que vivimos ser mayor no tiene el valor que yo creía de pequeña. El progreso que soñamos es una sociedad de consumo que divide a las personas en segmentos de mercado y las tiene en cuenta en función de determinados intereses.
Por ejemplo. Las personas mayores cuentan, y mucho, a la hora de votar. Y mucho más en una sociedad envejecida como la leonesa. Pero, al igual que los niños y las niñas, son tratadas como personas que hay que tutelar y dirigir, de manera paternalista, como si no tuvieran voz propia o ya no pudieran aportar a la sociedad.
Cuentan como sujetos pasivos más que activos de la sociedad. Sólo hay que fijarse en las candidaturas electorales. Se valora la juventud, quizá porque aquí va escaseando por el virus de la emigración forzosa, pero hay una total ausencia de personas mayores. Los partidos actúan como las grandes marcas comerciales. Temen perder atractivo si no venden caras nuevas y jóvenes.
En los sindicatos, los trabajadores y trabajadoras que se jubilan pasan a las secciones de pensionistas, dedicadas a organizar excursiones y poco más. Poco a poco, las personas mayores son arrinconadas y se van rompiendo los lazos intergeneracionales pese a que abuelos y abuelas son, hoy en día, en muchos casos, el colchón económico de una sociedad en crisis y con un 30% de personas en situación de pobreza, y el colchón familiar para el cuidado de nietos y nietas a falta de otros servicios de conciliación.
El aumento de la calidad y la esperanza de vida en nuestra sociedad han cambiado el concepto de ancianidad. O mejor, dicho, lo han aniquilado. La ancianidad se hace invisible. En unos casos porque son útiles pero ya están fuera del sistema productivo y en otros porque son dependientes y precisan de ayuda para poder sobrellevar la vida.
El progreso nos ha transformado en una sociedad colmena donde cada grupo social y generacional vive en una celdilla sin apenas comunicación con el resto. Las abejas reinas son el poder económico y político que van acomodando a sus necesidades las expectativas de la población.
La jerarquía de las noticias en los medios de comunicación es un fiel reflejo de este sistema, aunque los nuevos medios, con las redes sociales como avanzadilla, están transformando la clásica estructura del medio como emisor y los lectores/oyentes/televidentes como receptores.
A lo largo de estos años, gracias a mi dedicación a temas de salud y bienestar social y a los reportajes, he tenido la oportunidad de escuchar y recoger las voces de muchas personas mayores en entrevistas y reportajes. Y me he dado cuenta de que, como dice siempre mi tía Estelita, todas las personas tenemos una historia que contar.
Historias que son experiencias de vida y lecciones de la experiencia. Testimonios de un tiempo pasado que no debemos olvidar para no repetir errores y celebrar los logros. Voces que dan muestra de la épica y la tragedia de la vida. De la belleza cotidiana y de la heroicidad sin medallas.
Estoy muy agradecida a esas historias que he ido recogiendo porque me han ayudado a hacer un trabajo más cercano a la realidad de la vida que al impacto de los tópicos. Son palabras mayores en letra pequeña a las que hoy rindo homenaje en este espacio que me habéis prestado como si estuviera haciendo la colada con mis hojas sueltas, tendiendo al sol noticias efímeras para que reluzcan como sábanas blancas.
“A arar no había quien me ganara”, me confesaba Tomasa Fernández Dios a sus 102 años. Un portento de memoria que cantaba la tabla de multiplicar como cuando iba a la escuela y compuso una canción para recordar el incendio de Tabuyo del Monte en 1998: “Viva Tabuyo del Monte que es un pueblo muy alegre, con un pinar tan bonito que siempre viste de verde. La mitad se nos quemó por tirar para el pinar el ejército español”.
Con el testimonio de Tomasa y otras abuelas reconstruí el ambiente que se vivía en León cuando las mujeres españolas estrenaron las urnas en 1933, tras ser aprobado el sufragio universal en 1931.
Con este trabajo conocí a Orencia Fernández Modino en la residencia de personas mayores de Armunia. Nació el 1 de mayo de 1906 en Sahelices del Río. Cuando convocaron a hombres y a mujeres a las urnas en 1933 Orencia vivía en Armunia. Una crónica del periódico La Democracia recoge los resultados electorales del entonces municipio aledaño a León. La suma de los votos de los partidos de izquierdas —2.757— superaba a los de las derechas —1.389— pero la división de las candidaturas dispersó el voto izquierdista, relata la crónica.
 Y en contra de los temores exhibidos en el Parlamento dos años antes, la reseña electoral destaca «la reacción producida en la mujer armuniana que se puede asegurar acudió a las urnas en un 90%, demostrando con esto solo su entereza ciudadana. Sosteneros en esa actitud y daréis un mentir rotundo a los pesimistas», ensalzaba el cronista.
Las voces de los mayores me han servido para romper tópicos y para poner sobre la palestra sus necesidades, a veces perentorias. Pero también lo mucho que pueden aportar a la sociedad sin que nadie tutele sus vidas. “Para cuidar a mi Irene no necesito títulos”, me decía Demetrio, un hombre que con 77 años y una enfermedad muscular que limitaba su movilidad, tenía como principal ocupación el cuidado de su esposa con alzhéimer. “Irene, carita de Serafín”, la llamaba con una ternura que partía el corazón. Irene no contestaba, tenía la vista perdida en ninguna parte, como pasa cuando se pierde la memoria.
El testimonio de Demetrio ilustraba un reportaje sobre la necesidad de acercar los servicios de atención a la dependencia a los domicilios. La concejala de Bienestar Social por aquel entonces, hace una década, prometía 360 euros para los familiares que se ocupaban de sus mayores en casa. No creo que se llegara a estrenar la medida.
El déficit de plazas asistidas en residencias formó parte de la agencia de noticias. Al igual que el elevado precio que hay que pagar porque las plazas públicas y concertadas son muy escasas: “A los reyes (magos) les pedí una plaza que me cueste menos”, decía María de los Ángeles de la Blanca en un reportaje sobre el tema. Estaba en la lista de espera de la Gerencia de Servicios Sociales: “Pasan los meses y los ahorros se acaban”.
Los reportajes con voces de mayores me han acercado a la realidad que viven los pueblos en el siglo XXI. A los largos inviernos de soledad: “Pasamos el invierno quietos en la cocina. Tenemos unas gallinas y unos perros para que hagan ruido”, me decían Maximina y Pepe, vecinos de La Urz, en Omaña.
A veces, prestar atención a la historia de alguien que ha vivido muchos años es como sumergirse en una novela. Me llamó la atención la cicatriz que Maximina tenía en su cuello y pecho. Entonces contó cómo se salvó de milagro de un rayo que atravesó su cuerpo de la cabeza a los pies cuando estaba en el monte cuidando el ganado, haciendo la vecera. El oro se deshizo sobre su cuello y la cadena y el círculo de su medalla quedaron grabados para siempre.
“Di a luz de rodillas en la cárcel de Astorga de rodillas en 1940”, me confesó Amalia de la Fuente Peral en un reportaje sobre las mujeres represaliadas por el franquismo y condenadas al silencio en la memoria histórica.
La historia de Rosario, una mujer de 82 años que era la única habitante de Penoselo durante el invierno, me conmovió desde el principio. Y me dejó atónita cuando desveló que fue ella quien tomó la iniciativa de salir de su pueblo y marchar en busca de trabajo a Lyon, la segunda capital francesa.
Fue partera de su madre con once años, minera a los 16, agricultora, ama de casa, portera, limpiadora, nana y, ya anciana, cuidadora y enfermera de su marido. ¿Quién da más?
Lecciones de dignidad. De supervivencia y de gran talla humana. Como Evelyn, en la película de Tomates verdes fritos, a medida que he prestado oídos a las voces de las personas mayores he ido descubriendo un mundo lleno de personas luchadoras y entusiastas, como Ninny, la abuela de la película. Un hilo que conecta el pasado con el pasado con el presente y que ha alentado mi pasión por escuchar y contar historias.
Yo, que no conocí abuelas ni abuelos, me reconozco como nieta de todas estas voces. Y reivindico su valía y utilidad en la sociedad. Son palabras mayores aunque nos empeñemos en escribirlas en letra pequeña.