Había tal cantidad de ovejas en el pueblo que eran parte inseparable de nuestras vidas. Como lo eran el queso, los vellones de lana tendidos en el suelo del revés, tan suaves y esponjosos al tacto, y los corderos recién nacidos. Aún puedo oír los berridos de los pequeños animales detrás de sus madres. Y veo a mi padre recogiendo a los despistados y apartando a las ovejas paridas para que cumplieran la sagrada misión.
También tuvimos algunas chivas negras que ordeñaba mi padre. Bebíamos su leche rebajada con agua. Aquello sí que era un sabor fuerte. Pero mucho mejor que el Calcio 20, que nunca me gustó. No podía ni ver la botella blanca y menos aún los huevos batidos con quina Santa Catalina. ¡Qué asco!
La cabra formaba parte del universo real e imaginario de la infancia. Mi padre nos leía el cuento de los siete cabritillos, a los que el lobo consiguió engañar después de aclararse la voz con claras de huevos y untarse la pata en un saco de harina.
Mullir el aprisco era un trabajo menor, pero muy importante para el bienestar de las ovejas y del pastor que, después de traerlas del campo, tenía que pisar el terreno varias horas mientras ordeñaba a mano a las borregas. Rítmico. Un trabajo laborioso y preciso ese de sacar el zumo blanco de la ubre. Mi padre tenía el dedo pulgar derecho deformado por la faena tantas veces repetida, tantos años.
Para descargarse un poco y porque era lo normal en su tiempo, quizá ya no tanto en el nuestro, nos encomendaba la tarea una o dos veces por semana, no recuerdo si sólo en verano o durante todo el año. En todo caso nunca pasé frío allí. Nos subíamos al granero que estaba encima de la cuadra y arrastrábamos la paja, con un rastrillo y a veces también con los pies, hasta un agujero rectangular justo en mitad del aprisco. La veíamos caer como una lluvia dorada. Y nos tapábamos la boca para no comernos el polvo que se levantaba.
Desde arriba veíamos la montaña dorada. Y, ¡zas! nos tirábamos encima por el bocarón. A estas alturas, la paja ya había traspasado nuestras ropas y nos picaba el cuerpo por todas partes, así que no había problema en revolcarse un poco más y sentir el colchón despedazarse en miles de microláminas áureas y una nube de polvo. Luego había que extender la montonera por toda la cuadra y convertir el estiércol en oro. La mierda en una alfombra seca y brillante. El olor de las ovejas era reemplazado por un aroma a espiga seca y tiesa.
Eso era mullir el aprisco.